diciembre 13, 2017

Verdad y posverdad

 

POR MARIO FUENTES DESTARAC
PRESIDENTE DE CGP

La verdad es la conformidad de la realidad con lo que se dice, piensa o siente de ella. Es decir que la verdad supone la concordancia entre lo que es y lo que se expresa o percibe que es.

Según el Diccionario de Oxford, el término “post-truth” (posverdad, en español) significa: “Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. Wikipedia establece: “Posverdad o mentira emotiva es un neologismo que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”.

La posverdad se asimila a la demagogia, que es la manipulación de la opinión y la conducta de las personas mediante halagos, engaños o falsas promesas, principalmente con fines políticos, así como a la falacia, que es el argumento que parece válido, pero que no lo es.

Aunque que la posverdad puede asumirse como mentira o engaño, tiene la particularidad que, a pesar que la gente intuye o percibe la falsedad, no le importa y lo toma como verdad irrefutable, sin tomarse la molestia de investigar, corroborar o verificar los supuestos de la afirmación o los hechos objetivos. La apelación a una predispuesta emocionalidad es suficiente para aceptar la especie sin chistar.

En política, la posverdad se sustenta en la mera apelación a los sentimientos y emociones de las personas, aprovechando sus creencias, inclinaciones o tendencias personales, sin que importe mucho la veracidad de lo que se afirma o promete. Incluso, los resultados de la investigación científica se relativizan.

Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda del régimen nazi de Hitler, afirmaba: “Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”, aconsejaba Goebbels. Asimismo, Goebbels sostenía que “toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.

Sin duda, los casos del Brexit (Gran Bretaña) y los conatos del Frexit (Frajncia) y Nexit (Holanda) son elocuentes en cuanto a lo productivo que resulta la explotación del tremendismo (alarma, miedo, temor), así como el arte de la inducción, aunque los hechos objetivos no reflejen o evidencien la magnitud de lo que se afirma.

Muchas veces la información superficial que circula en las redes sociales está impregnada de posverdad, incluso con una clara intencionalidad de inducir al error. Sin embargo, lo más preocupante es que he notado que muchos usuarios están predispuestos a creer en la información que se les traslada, incluso con una relativa conciencia de que la misma es inverosímil, ridícula o estrafalaria. ¿Ingenuos, incautos o no educados? “No engañes a nadie, pero tampoco te dejes engañar”, sentencia Erich Fromm.

Para los defensores de la verdad, entre ellos los comunicadores profesionales escrupulosos, es un desafío monumental incidir con objetividad y hacer valer la veracidad de los hechos en estos tiempos de posverdad, en que lo que parece no es y lo que es no es relevante.

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*